Llegar a conocer el pozo profundo de tu propio ser es mejor que perseguir las promesas del mundo. ~ Rumi

Por Ajoy Datta [Londres]

Fuente: The Threshold Society
Traducción: Maryam Khadiya

El aumento de la liberalización económica e individual juntas han significado que cada vez más se espera que nos manejemos a  nosotros mismos y a nuestras relaciones como si fuéramos una empresa. Al parecer simplemente no somos lo suficientemente buenos como somos. Posteriormente debemos valorarnos como un producto y actualizarnos cada año. Necesitamos tomar soluciones desde el lugar de trabajo (tales como listas de rendición de cuentas, las sesiones y los objetivos de la marca) y transferirlos al hogar. Necesitamos tratar nuestras relaciones como si fuesen un negocio. Y debemos convertir nuestras experiencias en una marca interconectándonos y la promocionándonos.

Somos alentados a tener metas personales así como contamos con objetivos de rendimiento en el trabajo. Nos hacemos flexible y complaciente, con la ayuda de un arsenal de accesorios y dispositivos. Nos obsesionamos con la mejora de nuestra salud y nuestro cuerpo. Nos Digitalizamos  y optimizamos con circuitos de adaptación.  Contratamos entrenadores personales e instructores de la vida. Nos sentimos obligados a ser lo  ‘mejor que podamos ser’ y a no ‘conformarnos con nada menos’. Y somos totalmente responsables de nuestro propio futuro. Por lo tanto, si somos marginados, pobres o fracasados es porque no hemos asumido responsabilidad personal o hemos tomado las decisiones equivocadas.

¿En qué resulta todo esto? Una atención fragmentada, hiperactividad, pasividad, agotamiento, ansiedad, soledad y depresión – con poco espacio para hablar sobre algo de esto. Perdemos el sentido de ser arraigado, de pertenencia. Nos volvemos desconfiados y envidiosos de los demás, al sernos dicho que dependemos sólo de nosotros mismos. Evitamos el contacto visual y la comunicación cara a cara, reduciendo nuestra capacidad de empatía. Y perdemos nuestra capacidad de participar con otros en el proceso desordenado, a menudo difícil, de estar en relación con otros.

La pregunta que necesitamos realizarnos a nosotros mismos no es lo que queremos lograr en cinco años sino, ¿cómo podemos nosotros más plenamente comprometernos con nosotros mismos y con la gente que nos rodea en el ‘aquí y ahora’? ¿Cómo podemos ser más creativos, inventivos e improvisados como la vida y el mundo que se desarrolla alrededor y dentro de nosotros? Y ¿cómo nos comprometemos con la energía masculina y femenina que reside profundamente en nosotros?

Las respuestas parecen residir en saber que es suficiente estar como estamos y hacer contacto con nuestro propio ser. No necesitamos embarcarnos en un proyecto de desarrollo personal o contratar un instructor de la  vida. No somos una gota en el océano, pero como un fractal, somos la gota que contiene el océano. Como el Shaikh Kabir dice “el bienestar, la belleza y el amor que buscamos fuera de nosotros están en realidad dentro” y… “sin Ser, nuestra actividad se convierte en caótica, delictual, sin propósito y un desperdicio.”

Pero ‘Ser’ es no tratar de ser ‘bueno’ o ‘recto’, sino ser auténticos, sinceros y valerosamente presentes en este y cada momento subsiguiente. Es ver la  existencia cotidiana como una realización sagrada donde uno tiene la intención de dar cada paso conscientemente, sin esfuerzo, espontáneamente y con destreza. Para experimentar lo sagrado de la vida cotidiana, el ojo del corazón necesita estar abierto. Es el corazón y no el intelecto o los sentidos lo que es perceptivo de esta sacralidad.

Abrir el ojo del corazón requiere el vaciado de sí mismo, para crear un espacio de pensamientos y sentimientos. Requiere ser capaz de activar y dirigir  una atención más refinada a voluntad. Es una experiencia de estar en unidad con el Todo, una experiencia que puede realizarse a través de prácticas tales como ayuno, oración, meditación, zhikr, cantar, dar vuelta, tocando un instrumento musical, la contemplación y el servicio, así como por estar dentro de un marco de cortesía, ética y participación en una vida socialmente útil. A través de esta práctica cotidiana, más fácilmente podemos llegar a ser la expresión del amor a la que estamos destinados a ser y podemos abrazar nuestra autenticidad, nuestro verdadero ser. Como dice Rumi, “ser como te manifiestas, o manifestarte como eres”.

Paradójicamente, es más probables que lleguemos a conocer nuestro verdadero ser y a ser más plenamente humanos a través de la relación con los demás. Como dice el Shaikh Kabir, no podemos madurar por nosotros mismos, tenemos que aprender de la experiencia de los demás: necesitamos a otros para mostrarnos a nosotros mismos y para ayudarnos a llegar a ser completos. Las relaciones son el espejo donde nos vemos como somos. Es en la relación que podemos llegar a conocer nuestras reacciones, nuestros prejuicios, nuestros miedos, nuestras ansiedades, nuestras tristezas, nuestro dolor y nuestras quejas. Estar en un grupo alienta a traer a la superficie obstáculos emocionales difíciles dentro de un contexto de confianza y afecto.

Hay algo que aprender aquí de Secuoyas Gigantes. Pueden alcanzar los 350 pies de altura y pueden pesar hasta 500 toneladas, vivir durante siglos y pueden soportar fuertes vientos, terremotos, incendios tormentas e inundaciones prolongadas. Pero sus raíces descienden sólo aproximadamente diez pies. Los árboles crecen muy juntos y debajo de la superficie sus sistemas radiculares se entrelazan con los de los demás a su alrededor, como una comunidad de personas con sus brazos entrelazados. Juntos se aseguran que juntos pueden soportar golpes importantes y que hay un montón de nutrientes para promover el crecimiento continuo. Como en el caso de estos árboles, otras personas (ya sea en este mundo u otro) son importantes para nuestra propia existencia y la maduración.

Esto es especialmente así en una relación íntima. Como John Welwood dice la relación (con todos sus choques y sorpresas) “proporciona un fermento que permite una profunda transformación a través de la que nos obliga a seguir despertando, soltando ideas preconcebidas, ampliar nuestro sentido de quiénes somos y aprender a trabajar con los diferentes elementos de nuestra humanidad”. No es de sorprender entonces que el Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sobre él, haya dicho que el matrimonio es la mitad de la fe. Pero, como decía Rainer Maria Rilke,  que un ser humano ame a otro: “es la quizás la más difícil de todas nuestras tareas… el trabajo para el que todos los demás trabajos no son sino la preparación”. Hacer contacto con nuestro propio ser, entonces, puede ser la clave, pero está lejos de ser sencillo…

~ Ajoy Datta es un Derviches Mevlevi de Londres. Es investigador, escritor y facilitador en el sector del desarrollo internacional con un enfoque en la transformación de individuos, grupos y sociedades.

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